Artículo
Sexualización y vampirización de la mujer como medio para la construcción de los estereotipos de género
Helena M. Garrido. Profesora en Lengua Castellana y Comunicación, diplomada en Literatura y Pensamiento Femenino Latinoamericano. (C) Magister en Literatura Universidad de Playa Ancha.

"Que nada nos limite. Que nada nos defina. Que nada nos sujete.

Que la libertad sea nuestra propia sustancia"

Simone de Beauvoir

El romanticismo es un periodo literario surgido a finales del siglo XVIII que reaccionó contra las ideas racionales de la Ilustración y la tradición clásica del Neoclasicismo, dándole importancia a la exaltación del yo, los sentimientos, la subjetividad, la rebeldía, el acercamiento con la naturaleza, etcétera. Además, dentro de este periodo aparecieron personajes literarios que, hasta la actualidad, están presentes, tales como el pirata, la femme fatale, la mujer ángel, el héroe, entre otros. Es a partir de estas cualidades románticas que nacen los monstruos más conocidos de la literatura y el cine de terror que plasmaron su imagen como seres ajenos a la sociedad, siendo incomprendidos, rechazados y marginados por ésta a causa de su apariencia monstruosa, dejando de lado los aspectos psicológicos y emocionales de ellos. Un claro ejemplo de lo anterior es el conde Drácula del autor irlandés Bram Stoker de su novela Drácula (1897) en la que muestra a un conde alejado de la sociedad, marginado en las afueras de la ciudad donde tiene su castillo a la entrada de un bosque. Así mismo, como un muerto vivo presenta, como plantea Mariel Ortolano, una doble ausencia tanto como personaje como reflejo puesto que ni en la vida misma ni en la muerte tiene cabida. Es decir, su existencia radica en los hemisferios de la vida y de la muerte. Al mismo tiempo, la novela narra una sucesión de viajes que realizan los personajes, todos con el motivo de esclarecer los misterios de Drácula para luego darle muerte y salvar a Mina del poder de éste.

Esta novela ha sido adaptada al cine en diversas películas desde el cine en blanco y negro hasta la actualidad. Sin embargo, este trabajo se centrará en la película El horror de Drácula estrenada en 1958 por el director Terence Fisher y se planteará cómo el devenir de mujer ángel a mujer demonio de las personajes, Mina y Lucy, plasman el ideal de los estereotipos de género en la mujer impuestos por una sociedad machista y patriarcal y cómo estos son generados a través de la sexualización de los cuerpos por medio de la vampirización.

Drácula (1897) narra los hechos de manera epistolar, rompiendo con la estructura clásica de la novela, además de contrastar la imagen de la mujer de la época. En tal sentido, Bram Stoker no solo desestabiliza las categorías literarias, sino que también altera los estereotipos de género de la época victoriana. En este contexto, los prototipos en relación con las mujeres no pueden alejarse del binarismo ángeles – prostitutas (Carrió 2019) o femme fatale – mujer ángel, donde se encuentran Mina Murray, recatada institutriz comprometida con Jonathan Harker y su mejor e íntima amiga, Lucy Westenra quien, tratando de cumplir con los mandatos sociales debido a que es más atrevida, debe decidir entre tres pretendientes para contraer matrimonio. Sin embargo, en la película de Fisher, la diferencia etaria entre Mina y Lucy es notoria, habiendo diferencia en la relación de ellas de la historia original, además de que los pretendientes de Lucy no existen como tal, teniendo un vuelco la relación entre los personajes. No obstante, la configuración de la imagen de la mujer dentro del binarismo del bien y del mal plasmado en la figura de la mujer ángel y la mujer fatal es el mismo, sumiéndolas en un estereotipo de mujer ideal impuesto por la sociedad patriarcal asentando una doble moral en la sexualidad que, por un lado, exoneraba a la promiscuidad de los hombres y condenaba a los apetitos sexuales de las mujeres (Carrió 2019), estableciendo, de esta forma, relaciones heteronormativas dando a conocer, según Tatiana Cardenal, que la sexualidad masculina se juega a través del cuerpo de las mujeres, apropiándose, de tal forma, de sus cuerpos ya que la cultura está construida en torno a un único modelo sexual, el masculino, que se apropia tanto de la corporalidad como de la sexualidad femenina y constriñe la manifestación de la subjetividad de las mujeres (Cardenal 2012). Por lo tanto, la sexualidad femenina se manifiesta a través de la masculinidad en cuanto al proceso heteronormativo de la vampirización presente en la película El horror de Drácula.

En relación con lo anterior, el cine funciona como medio para insertar culturas, ideologías e identidades por medio de la representación visual configurando el significado del significante a través de la imagen y el sonido. De esta forma, se ha ido consolidando la idea de que ‘lo visual’ se relaciona con determinados aspectos históricos y culturales que determinan ‘modos de ver’ que, a su vez, hacen referencia a elementos simbólicos y materiales tendientes a las operaciones ideológicas (Phenos en Iadevito, 2014). En el caso de Drácula, se plasma un rol de mujer y esposa ideal, representado en el actuar y la vestimenta de Mina Murray a quien se le muestra constantemente bordando y apoyando a su esposo, mostrándose asiduamente preocupada por Arthur, dejando de lado sus actividades y emociones para así darle consuelo a su aquejumbrado esposo. Del mismo modo, se le muestra en faceta maternal en los momentos que está con Tania. De esta forma, a través de la imagen de mujer ángel, preocupada por el esposo, por la infancia y manteniéndose en casa, se configura el rol de la mujer en la familia, ya que las mujeres representadas y narradas por el cine son ‘algo’ que, como diría Hall, no puede ser pensado como ‘un pasado’, una cristalización o sentido objetivado, sino que están siempre siendo construidas por una memoria, una fantasía, una narrativa, un mito que expresa una cierta visión cultural del mundo (Iadevito 2014). De esta forma se plasma la idea que la mujer debe vivir por y para el esposo y la familia, ateniéndose de sus propias emociones. De lo contrario, al confrontar lo patriarcalmente establecido, el resultado es fatal. Tal es el caso de Lucy, quien aún no estando casada y, tras ser mordida por Drácula, sucumbe a los deseos sexuales generados por medio del proceso de vampirización. Esta trasgresión es castigada con la muerte de Lucy, deviniendo en vampira o femme fatale, manteniéndose dentro de la transgresión por lo que es doblemente castigada con su segunda y definitiva muerte, erradicando a la mujer fatal y perpetuando el estereotipo de mujer abnegada a través de Mina.

De acuerdo con lo anterior, la vampirización supone la liberación de la mujer de los dogmas sociales en cuanto a deseos sexuales reprimidos, expuestos en la película cuando Lucy, ya siendo atacada por el Conde presenta cambios en su actuar. Por un lado, es la mujer ángel estando en compañía de quienes la visitan preocupados por su salud, estando en cama y obedeciendo las instrucciones que se le dan para que pueda sanar. Por el otro es femme fatale cuando se encuentra en soledad, anhelando la llegada de Drácula, recostada en su cama exponiendo su cuerpo a la espera del monstruo. Así, el devenir de ángel a demonio se expresa en sus acciones, primeramente, siendo sumisa y humilde al estar en compañía de su familia y el médico tratante, seguido de la desobediencia al momento de estar sola y abrir la ventana por donde aparece y entra Drácula, además de recostarse en la cama concediendo su cuerpo, ansiosa por la llegada del Conde. Así mismo se manifiesta en su corporalidad, en su respiración anhelante y en su semblante, revelando mayor felicidad por la visita del monstruo que por sus familiares, cambiando su estado de ánimo. En tal sentido,

“según el análisis de Roger Dadoun, el vampiro es una figura fálica, por la fascinación que ejerce (el trabajo de Dadoun remite al sentido etimológico del término); concibe entonces al vampiro como fetiche y fantasma; sin embargo, su condición fálica no lo asocia solamente al principio masculino, sino, extensivamente, también al femenino” (Ortolano, 2010).

Es decir, Drácula actúa como objeto del deseo sexual femenino por su condición fálica al transgredir con las normas sociales – eclesiásticas impulsando la sexualidad de la mujer a comportamientos lujuriosos constantemente reprimidos. Sin embargo, López afirma que esta cultura, cuyas imágenes, cuyos ritmos, cuyos hábitos, etc. están determinados por la sexualidad masculina es la que se define como pretendidamente universal. En ella la sexualidad femenina, lejos de contar con un espacio significativo propio, si aparece de alguna manera es en función de la fálica (López en Silva 2017), instaurando, de esta forma, relaciones heteronormativas donde los hombres, como dice Wittig, se apropian de la reproducción, producción y cuerpo de las mujeres. Por lo tanto, estos deseos no son sino el reflejo de los impulsos de Drácula provenientes de la sexualización del cuerpo de la mujer donde, a través de esta categoría, determina la esclavitud de las mujeres, y actúa de forma muy precisa por medio de una operación de reducción (Wittig, 2006). Dicha reducción, en este caso, refiere a la hipnosis ejercida por Drácula hacia Lucy y posteriormente Mina. En palabras de Ortolano, esto contribuye a crear la impresión de que el vampiro aparece como agente de la violación subrepticia de cuerpos y conciencias sometidos a un control disciplinario, del cual sólo las mujeres son víctimas. Esto quiere decir que a través de la hipnosis es ejercida la vampirización de las mujeres a las cuales Drácula posee como (su) propiedad sexuada. De este modo,

“el cine no solo es un aparato material sino una actividad significante que implica y constituye al sujeto, pues instala a la mujer en un particular orden social y natural, la coloca en una cierta posición del significado y la fija en una cierta identificación. Se trata de un verdadero escenario de conformación de identidades que produce y reproduce estereotipos sociales, según tendencias hegemónicas y leyes tácitas que, por otra parte, contribuye a consolidar (Arfuch)” (Iadevito 2014).

Es así como Fisher refuerza la configuración de los estereotipos de género que llevan a la mujer a tener una vida vicaria y a consensuar los deseos de la masculinidad ya que frente a la función sexual de la mujer sigue concibiéndose como el receptáculo que acoge pasivamente el producto masculino (Silva 2017). Esto se refleja en los encuentros que tiene Drácula con Lucy, posteriormente Mina, ya que las busca únicamente para satisfacer sus necesidades, determinando él, dónde y cuándo son los encuentros. Así, a Lucy y a Mina no les queda más que esperar la llegada del Conde, inmortalizando la imagen de la mujer que espera la llegada del hombre, en este caso, en la habitación. Dicho esto, se entiende que el proceso narrativo de la mujer en los sistemas de representación es una narración del y para el varón (Doane en Iadevito 2014), excluyendo la subjetividad femenina en la estructuración de su imagen ya que, como dijo Doane, el cine narra a la mujer, pero no la deja narrarse, perpetuando los roles que están obligadas a cumplir.

De acuerdo con el último punto, la muerte de Lucy adquiere sentido en cuanto a su desobediencia ante la estructura patriarcal, desencajando los valores eclesiásticos de la familia tradicional, siendo representada como el mal que pone en riesgo el modelo patriarcal. Por el contrario, Mina, quien, siendo representada como la receptora de los valores normativos, merece ser salvada ya que lo femenino es definido en torno al modelo de los hombres y no al revés, en otras palabras, lo masculino, que monopoliza el valor, opera como patrón en torno al cual definirse, siendo él el sujeto y ella la alteridad (Cardenal 2012). De esta forma, la masculinidad instala a la mujer en una posición de subordinación impidiendo que se conformen como sujetas autónomas. En el caso de Mina, su figura es incorporada como posesión en las acciones de Arthur, como esposa y las acciones de Drácula, como amante, siendo las acciones de Mina actos por y para ellos; no se le presenta como sujeta autónoma porque en una sociedad machista se necesita que la mujer cumpla con los estándares del género presente en los valores patriarcales puesto que, como dice Simone de Beauvoir, la humanidad es masculina y el hombre define a la mujer, no en sí, sino en relación con él; la mujer no tiene consideraciones de ser autónoma (Simone de Beauvoir en Cardenal 2012). Dicho esto,

“En cuanto al género –establecido como una tecnología– lo caracterizamos como un proceso complejo propio de la modernidad orientado a producir sujetos ‘normales’ a partir de la regulación de la praxis que –desde el plano simbólico y material– pregona la heterosexualidad como matriz normativa. Concebido de este modo, el género no responde a rasgos del orden de ‘lo natural e inmutable’ sino que se trata de una categoría interpelada y construida desde la simbología cultural y desde los dispositivos y relaciones de poder que la atraviesan” (Iadevito 2014).

Por lo tanto, a través de Mina se instaura el estereotipo de mujer, esposa y madre que conforman la estructura de familia patriarcal admitidos por los valores tradicionales, siendo reconocidas como mujeres angelicales si cumplen con la norma. De lo contrario, al confrontar el modelo se es destituida y marginada. En El horror de Drácula, se elimina esta infracción con la doble muerte de Lucy. Por ende, estas condiciones y problemáticas que están a la orden del día para las mujeres pueden tener una explicación en la forma en que es concebida la mujer en la sociedad y en cómo es puesto su cuerpo en el lugar del objeto de deseo (Silva 2017), convirtiéndolas en ausencia dentro de las relaciones heteronormativas puesto que, al ser pensadas desde la masculinidad, son fundadas como el sexo oprimido con la finalidad de perpetuar la estructura patriarcal mediante los estereotipos de género.

Para finalizar, es indiscutible que el cine funciona como un medio capaz de transformar, perpetuar y transgredir ideologías y culturas a través de las narraciones visuales y sonoras ya que, por medio de ellas, se inmortalizan en la memoria del espectador generando nuevas formas de percibir el entorno. De esta forma, como dice Iavedito, la ficción fílmica [se consolida] como [una] narrativa, entendida esta como acto discursivo de puesta en sentido y como lugar privilegiado de construcción de la temporalidad y la experiencia donde se fundan posiciones de sujeto y subjetividades. De acuerdo con esto, a través de Drácula se funda la concepción de la mujer como propiedad a través de la vampirización la que se encuentra sujeta a la sexualización del cuerpo de la mujer ya que, a través de ella se manifiestan los deseos de Drácula no sólo por alimentarse, sino, mayormente, por poseer el cuerpo femenino a fin de, por un lado, “sustituir” a la mujer que tenía prisionera en el castillo, igualmente vampirizada, asesinada por Jonathan Harker. Por el otro, vengarse de Harker poseyendo a Lucy quien era su prometida, con el propósito de dañar a Jonathan a través de la posesión de Lucy. Como dice Guillaumin, no tomamos públicamente sino lo que nos pertenece, esto quiere decir que las mujeres no son sino materia tangible en posesión de la masculinidad. Por lo tanto, se daña al poseer lo que el otro posee, en este caso, Lucy como propiedad sexuada de Harker, posteriormente propiedad sexuada de Drácula.

En tal sentido, el sexo de la mujer es contabilizado como un no-sexo, cuyas implicaciones nos permite hablar de un no-cuerpo femenino. Lo que hay son unos soportes materiales (cuerpos de mujeres) moldeados y a los que la sexualidad masculina les impone una función (Cardenal 2012), negando la configuración de la identidad y subjetividad femenina puesto que dentro de la hegemonía patriarcal la mujer no está considerada como sujeto. De ahí que la mujer aparece retratada según estereotipos de género pretéritos, anclados en una tradición que no solo la hace diferente al hombre, sino incluso inferior (Moreno 2015), permitiéndose poseerlas y castigarlas cuando transgreden lo patriarcalmente establecido. A través del castigo se perpetúa el modelo hegemónico donde la mujer queda oprimida dentro de los roles de género que obedecen al imaginario masculino. Lo anterior se manifiesta en los actuares de Lucy al responder los deseos de Drácula significándole un castigo por transgredir el rol que debía cumplir; y los de Mina que, si bien ella no fue castigada, su figura se enmarca en la imagen de mujer-esposa ideal ya que no hace más que apoyar a su esposo sin importar qué.

En definitiva, El horror de Drácula reproduce y perpetúa la estructura patriarcal que establece a la mujer como posesión de la masculinidad, negando su autonomía que puede llevarla a confrontar el sistema que la mantiene oprimida a través de los estereotipos de género conformados por la sociedad como imagen idealizada de mujer, esposa y madre, manteniendo así el estatus socio cultural y familiar bajo la hegemonía patriarcal. Por lo tanto, la mujer queda relegada a la vida privada dentro del hogar y la familia, como se muestra en Mina, siendo silenciada por la hegemonía dominante, convirtiéndose en ausencia en su propia vida al no ser reconocida como sujeta autónoma.

 

Artículo Por Helena M. Garrido Muy Interesante !